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LO HUIDO Y LO PERMANENTE EN EL ALCOHOL… de los estados Intermedios.

10 Ago

Por Freddy Ñáñez.

Freddy, es uno de los mas connotados editores contemporáneos Venezolanos.  Su luz en pleno siglo XXI se mezcla entre títeres y bambalinas para dar vida al nacimiento de nuevas letras como esperanza hacia un mejor porvenir escritoril.  Ha sido galardonado EXCLUSIVAMENTE  por el Ministerio del Poder Popular para la cultura 2004, Premio Internacional de poesía Juan Beroes 2005 y en el 2009 su poemario Postal de Sequía gana el Premio Unico José Antonio Ramos Sucre. Como editor ha merecido el premio nacional del libro edición 2004, 2005 y 2006 por diversas obras.

COMO AMIGO DE GUANTANAMERA 206,

RECONOCEMOS A “NADIE NOS EDITA”

COMO LA CASA MATRIZ DONDE

SURGEN LAS PRIMERAS MOLECULAS

QUE RECLAMAN  SIN CESAR,

LOS PASOS VAPOROSOS QUE

ILUMINAN EL TUNEL

DE LOS ESTADOS INTERMEDIOS.

Y.Z. 2010


Toda poesía principia donde acaba el Ser. Toda ella antecede  lo  real y  realizado. Vive dentro pero no en el claustro, afuera pero nunca al margen del delirio y quizá sea también deseo que no encarna en las palabras ni en las formas comunes del apetito universal. La poesía cuando es verdad no es más que fuerza inagotable. La agonía del crear nombres sólo comparable al  asombro de quien acude  lúcido a lo efímero y pasajero. Si esto es así conviene decir que Gladys Mendía (Aragua- Venezuela 1975),  ha sobrevivido en la materia contradicha del lenguaje, vale decir: a los peligros de  vivir al borde de sí, en la tentación no de Ser sino  de habitar en los extremos  aquéllos donde Dios ha marcado con su verbo el reino de lo inefable y todo alfabeto en tránsito es la ruleta rusa en consecuencia.

El alcohol de los estados intermedios no es la metáfora del viaje ontológico sino el refugio de quienes huimos de sus  excesos.  Por suerte todo acorde de filosofía romántica,  acalla dentro de estas páginas para dar paso al impulso, al vértigo, al arrojamiento ése para el que aún no hay ideas. Devenir que late pero en el envés del sonido. Encuentra sosiego el lector que, escapando de un mundo cosificado y una subjetividad cosificante,  también busca el punto de fuga donde han de fundirse las más sólidas verdades. Refugio  donde sólo somos parpadeos con nombres sin más opción que  esta residencia poética, esta soledad que al tiempo nos contiene y  libera.

Gladys Mendía  se mantiene felizmente lejos del atávico espíritu de una generación  desgastada, ora en la presentación del hecho, ora en su  representación válida a los ojos de un tiempo posthistórico. Libre está su voz del hipocondríaco tono del arte contemporáneo y sus manidos intentos.

Es éste un libro de las poéticas,  hecho sin más estilo que el riesgo profético donde el   alumbramiento de una voz… sin territorio traza y funda.

En El alcohol de los estados intermedios no se trata pues de enunciar  el Ser ni su despliegue, tampoco de negarlo y contraerlo, éstos son prejuicios superados por una angustia inédita. No es trabajo del poeta cuidar del Ser. Anunciar es el verbo. La palabra  como lugar del acontecimiento y  no al revés. Hacer nombres para los huéspedes sin sonido propio, de eso se trata. Nombrar la ceniza de lo no incendiado aún y que se vea el árbol del más allá en el siniestro. Es en El alcohol donde lo huidizo y permanente comulgan sin representaciones adicionales. Sucede como tránsito voraz de una quietud desgarradora; de un impulso doble que acusa  no el asecho del tiempo y la finitud de los espacios, sino la densidad, el matiz intermedio donde las cosas no son imagen o sombra sino voz cavernaria, piromaniaca, química, inexistente sonoridad de un despliegue sin dueño. El nacer y crecer lento de esa consciencia dolorosa. Voces, puesto que es un libro del accidente; y ecos que predicen el accidente y hacen de él un destino y una poética en llamas: ágrafa belleza del contraluz. Una múltiple voz que sale y entra en los túneles y a medida que se arroja deja su eco monofónico que permanecerá intacto,  digo bien: no-devorado por la distancia ni por su propia avidez. Lo que huye: queda; lo que queda: está huyendo. He allí el recorrido radical que nos propone la autora. Puesto que el eco es el lugar donde todo arde y se ve tan verde. Será un estado intermedio, un espacio para ver la sonora rotura del mundo. El grito vendrá de allí, del eco: instante donde la noche se convierte en día. El grito será entonces la llama que sujeta nuestros contrarios. Tan nombrado y tan borroso es el camino hacia el Alcohol. Porque parte del estado líquido hacia el nuevo elemento: la palabra, luz ciega, como lugar de apariciones.

Oficio peligroso de cavar dentro de sí, transitarse y asumir al extremo el atentado personal (curva peligrosa) timón de nuestro azar, eso es la poesía y Gladys Mendía lo asume  a rigor. De allí que sea un libro de  artes poéticas: fragmentos de continuos ensayos para nominar lo que mora aún imposible. Lo demás es silencio manuscrito. Quizá sea el mismo libro quien mejor se defina, siendo receptáculo y voz exasperante  que dice del poema como alfabeto de un pasaje sin destino.

San Cristóbal, Venezuela

julio de 2009


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LA UNICIDAD DE LOS ESTADOS INTERMEDIOS

10 Ago


Winston Morales Chavarro,   Es poeta Cartagenero y docente en la universidad de Cartagena de Indias.  HE AQUI SU PARTICIPACION EN EL FENOMENO… FENÓMENO LITERARIO DEL MOMENTO…  LOS ESTADOS INTERMEDIOS.

Un sabio de la antigüedad afirmaba que la mejor manera de llegar a un puerto seguro es transitando por el medio, alejado de los márgenes, equidistante a las orillas.

Este axioma me recuerda  uno de los principios esotéricos planteados por el padre de todas las filosofías y religiones, Hermes Trismegisto: Nada se contradice. Todo interactúa.

Podríamos afirmar que esos estados intermedios son los estados del equilibrio, de la correspondencia infinita, del matrimonio entre el cielo y el infierno, citando a William Blake. El hombre en su esencia es equilibrio, unicidad, complemento. Y en esa unidad es ángel y demonio, luz y oscuridad, fealdad y belleza, enfermedad y salud. Ya lo dijo Rilke: Todo ángel es terrible.

El conocimiento cultivado en el alto Nilo, heredado por los sumerios, los persas, y luego por los griegos y los romanos, se instala en la tradición esotérica de muchos pueblos, muchos sujetos sensibles, para quienes las categorías no existen, para quienes el tiempo, el espacio, los territorios, son invenciones humanas, constructos mentales que en lugar de ampliar el panorama lo achican, lo reducen, lo limitan.

Ese es el camino de los estados intermedios, un camino transitado por Gladys Mendía en su alcohol, en su borrachera simbólica (embriaguez esotérica). Gladys, como yo, ama los estados intermedios, los estratos de la madurez ultrafísica o extrafísica, de la madurez supraespacial, aquella que no sabe de especificidades ni de concitadas presencias; El alcohol de los estados intermedios es un diálogo con lo sublime, lo elevado, lo sagrado. Casi se entra en un éxtasis poético (Gladys puede dar certificado de eso), una revelación ecuménica por donde se observan las cosas ocultas, los estados intermedios de la materia, el tiempo (si es que existe), el vacío, las partículas subatómicas. Su poesía, su alcohol, es un libro cuántico, amalgama de física, filosofía y poética (raíces de todo gran poeta: Hafiz, Basho, Kobayashi Issa, Tagore, Nerval, Yeats, Ramos Sucre, Dávila Andrade, Carlos Obregón, Jaime Sáenz).

Da la sensación –y no es sólo impresión-  de que Gladys, a través de su borrachera metafísica, posee la virtud, la esquiva virtud, de la Ubicuidad.  La vemos en el medio, pero también en una orilla y en la otra. Poseedora de un equilibrio, es capaz de pasearse por las antípodas, por los polos, en apariencia, opuestos. Entonces su ubicuidad la ubica en los incendios, en las cenizas de un incendio que todo lo alumbra:

pero veo todo derretirse en sombras   pero veo todo derretirse corriendo

en el túnel intermitente los ojos parecen girar dar vueltas de ruleta

las ventanas del túnel te permiten cosas   asómate a la ventana

¿De qué ventana nos habla Gladys?  ¿De qué lejano túnel nos dialoga su poesía? La poeta es casi una prestidigitadora; empuña sus bártulos y su baraja española y transita un camino de fuego elevado. Esa ventana y ese túnel permiten una mirada desnuda, desprovista de razón. Su poética reclama un nuevo paradigma, un confrontar la veracidad, la objetividad, el intelecto. Su poesía se constituye en un nuevo orden, quizás el original, el prístino orden de la entropía:

destejer   hay que destejer  acabar con el rito

la voz se construye mientras arde fríamente

el intelecto es caricatura

el viaje se ha iniciado   la desarmonía de las partes

la llama de las partes   la fragilidad de las partes

lo tóxico de las partes amamanta a la voz

Gladys sabe, intuye, que lo tóxico está en las partes, en las separaciones, en el fragmento. No hay partícula sola, no hay electrón distinto en el organismo. La física nos habla del mismo electrón para todos los cuerpos, para todos los objetos. Gladys, en esta poesía de los fractales, de la cuántica, del principio de incertidumbre, nos recita una realidad última (primera), un suprasentido capaz de situarse en medio de ninguna parte, aludiendo a J.M. Coetzee.

Ese suprasentido le permite abarcarlo todo, respirarlo todo, degustarlo todo. Por obvias razones desteje el rito, lo acaba. Para ella el camino debe ser el menos transitado, el menos común, lejos de lo convenido, de lo pactado por la mente y la “lógica” humana. Su poética no es de lógicas, de razonamientos, de elucubraciones sesudas. Su estro fluye, tiene su propio ritmo (todo vibra, diría Hermes, el tres veces grande). Y en cada verso se robustece una mirada, una lógica otra, amparada y emparentada en el todo, en la unicidad de los estados intermedios:

sólo somos parpadeos con nombres confinados y finados

nombres repitiendo los mismos incendios

caen los pedazos de piel  mientras caminamos y conversamos

y comemos y dormimos  se nos hace cenizas el nombre

todo arde sin saber   pero a veces uno sabe o sueña que sabe

se sabe parpadeo   torpe en el viaje  repetitivo en el dibujo

perdido en las ventanas  enfermo de tanto asomarse

Todo es “caos” en El Alcohol de los estados intermedios, entropía por descifrar. No hay orden, no hay forma, no hay sustancias. Pero en ese caos encontramos la unicidad, el vacío que todo lo contiene. En el alcohol, No hay LUZ,  tampoco  hay SOMBRAS.  No hay aridez. Inexistentes los precipicios del cielo. ¿Y si fuera la nada? Pregunta alguien por allí, ¿Si fuera el vacío que todo lo satura?

No hay movimiento en El alcohol de los estados intermedios, no hay quietud. O mejor, en esa quietud está el cambio, el movimiento, la circunferencia (cifra sin ángulos), la estática, pero también lo extático, la metempsicosis de una mujer que suele ser pájaro, árbol colmado de extraordinarios presagios:

en la caverna llueve hacia adentro

las gotas luchan por ser gotas pero son lluvia

la lluvia es el alcohol de los estados

intermedios   las gotas se evaporan   no hay movimiento

la caverna es el espacio sin forma

sin forma ni claridad no hay reflejo

pero todo arde viéndose

el incendio es el parpadeo que esconde el espejo

Poesía cuántica. Poesía de los alcoholes. Poesía de la tierra negra y de la estrella roja.  Gladys posee su laboratorio de destrezas alquímicas, hace su conversión, conjuga sus elementos. Como el viejo Fausto, logra sus pactos, sus connivencias. Sin un ángel caído que la adiestre en las ciencias obscuras,  ella, Gladys, tiene la virtud de la omnipresencia, del estar en el ayer y en el mañana remoto–.

En su laboratorio las categorías del tiempo son constructos mentales-. Pero no sólo gravita en el tiempo (en lo que creemos es el tiempo), también se mueve por un espacio sin forma, sin dirección (poner dirección es un acto occidental). Su poesía confronta las coordenadas, discute las demarcaciones geográficas de un espacio que no posee redondez. Su poesía la hace libre, liviana, jaguar en la orilla de un borde que se difumina en la muerte y las sombras:

siento el peso del túnel  sus garras excavando

dejan la página NEGRA   el pecho no puede astillarse más

la mente toma la AUTOPISTA   subiendo escaleras en el aire

el espacio es vacío y negro cuando tengo el llanto encerrado

una luz eléctrica ILUMINA todo y me abro en el ojo del túnel.

Cartagena de Indias

Junio de 2009.

EL INCENDIO DE LAS MIELES O EL ALCOHOL DE LOS ESTADOS INTERMEDIOS

20 Jul


Por:

Miladis Hernández Acosta. (Princesa de la poesía cubana), miembro fundador por antonomasia de GUANTANAMERA206*

Guantánamo, 17 de Julio de 2010. (Escrito Bajo la Luna de Cáncer)

Si se mira correctamente, toda forma es hermosa

J.W. Goethe.

El Caos como consecuencia inmediata de los excesos se impregna en la memoria como base de sistema, reverso y anverso de imágenes que, bajo una relación de significados se convierte en mosaico para que un poeta pueda formar sus juegos especulativos. El alcohol de los estados intermedios, de la poeta Gladys Mendía, presentado en las extensas jordanas del XV Festival Internacional de Poesía de la Habana (2010), publicado por El Perro y la Rana y Nadie Nos Edita. Venezuela, 2009, precisa Feddy Ñáñez, su prologuista…”No es la metáfora del viaje ontológico sino el refugio de quienes huimos de los excesos del logos”. . La poeta asegura: primeramente su invernadero, el antojo de permanecer en su caverna de plata, arquetipo de la autovigilancia, de la contemplación, y de la corrosiva destrucción.

Para perpetuar su área, Gladys Mendía, (nacida en Venezuela en 1975), se convierte en guardiana de una sustancia genésica, de una fórmula prístina para adentrarse en las canteras infinitas del logos. Propone una reinvención para depurar los alcoholes embrionarios que conforman al Ser. “Una misma sustancia estelar conforma la materia de todo lo existente”, decía Carl Sagan, la poeta signa la totalidad, se enraiza en el eros de los espacios infinitos, y no precisamente a la manera pascalina, si no bajo el ejercicio de transgredir, de sentirse, al unísono transgredido por los desbordantes horizontes, multisígnicos que, trastocaba Rimbaud al medir las dimensiones infinitas, los espacios vencidos. Los Espacios pulverizados por la memoria colectiva.

Este poemario escrito con una admirable economía de recursos estéticos, resulta también una oferta de lucidez. Con un tono equilibrado, exento de preconcebidas metáforas, su autora nos sorprende cuando confiere su utopía lograda bajo un ritmo latente, apoyada en intersticios, en párrafos breves, versos concisos, fragmentados, sentenciosos. Concuerdo otra vez con Ñáñez al afirmar que…” Libre está su voz del hipocondríaco tono del arte contemporáneo y sus inútiles sarcasmos”… Las pretensiones están en la búsqueda, en la comedida fuerza que traza su espíritu, alejado de todos los subterfugios, banalidades, y caotismo que nos ha dejado la postmodernidad con la infecunda asimilación de los estratos culturales.

A la postre hay una estigmatización de los estados humanos. Los estados (no políticos, no sociales, culturales, ni religiosos), sino los estados de la vida normativa, los estados naturales. Se trata de versos que rememoran en los inicios, el viaje interminable que propugnaban los antiguos egipcios, la desintegración y los accidentes de esa aprensión natural que equivale a la muerte. El ir y el venir. El partir y el regresar. La sustancia proteica, la vida, el polvo y el aliento insuflado. La teoría del túnel poseso, devorador de los cadáveres, preceptivo; el sumular, dador de luz germinadora, donde se ofrece una muerte lenta, paladeable, de una muerte sin fin como la vacilaba el místico Gorostiza.

El túnel mira dentro de su ojo un luminoso cadáver”

Dentro de éste, el alcohol se personaliza, es el hombre destruyendo los estados intermedios, ((todo lo que se centra entre la vida y la muerte)). Bajo estampas minimalistas, sin forzar la expresión, ni utilizar el verso logrero, la autora sabe nombrar los misterios, la química, o la alquimia de los rasguños que nos va haciendo la vida. Hay mangos cayendo como símbolo de la manzana prístina, creadora de todos los males. Derribando, o iniciando la expulsión de las criaturas.

Al mismo tiempo ventilamos una forjadura de desconocidos estados de la vida contemplativa, una especie de transición de esos años sin lenguas, el callado silencio de los pueblos muertos que se levantan dentro de ese túnel que, la autora de este poemario quiere cauterizar. Es la plétora, la copia a Heráclito, su versión para no caer en el mismo pasadizo dos veces. Acepta que sólo se muere una sola vez, y nos enseña a vivir. Señala nuevos rumbos, ajenos estados, da fórmulas para no llegar, o no caer precozmente al atajo devorador.

Mendía, al final propone su condición de criatura filiada a la esperanza. Ensaya un método diferente, donde visualizamos varios carteles, sucedidas consignas para que el hombre, la humanidad toda encuentre ignorados derroteros.

Mantenga la distancia, CONDUZCA CON PRECAUCIÓN; CIRCULE DESPACIO; DISFRUTE EL PAISAJE; PELIGRO ENTRADA Y SALIDA DE VEHÍCULOS; ACAMPE SOLO EN LUGARES AUTORIZADOS; RESPETE LAS SEÑALES EVITE ACCIDENTES; NO ADELANTE ZONAS DE DERRUMBES; CUIDADO HIELO EN LA CALZADA.

Estas recomendaciones nos aproximan a un inédito código del decir, a través de ellas, la autora retorna a su estado thanático, a la gravedad de los cuerpos, a la subversiva oscuridad que transporta al Ser. Proyecta un alfabeto, una lengua desconocida que los sentidos no alcanzan, un Babel con otras resonancias para arrastrarnos al río, a la otra autopista que nos libera del juego: es decir, a las aguas que redimen, nos rescatan, donde al fin, el hombre encuentra futuridad. Se vuelca a las márgenes concluyentes, las orillas donde bebemos el néctar alcalizado, las sales, los ácidos estertando desde un corazón que, quizás trasmuta, pero no abdica en su afán de explorar la Condición Humana, porque su afán es luchar contra todo lo que ha hipotecado al hombre sometido a la noche etílica, perpetrar la conciencia adscrita a la selva plural de esa humanidad que avanza agrietada y triste.

Pero no malinterpretemos la propuesta de Gladys Mendía, no nos ceguemos al compás de los corolarios dionisiacos. Este poemario no raya sobre los efectos etílicos que muchas almas saborean para danzar sobre el desfiladero, sobre el laberinto de cuerpos, de arcilla, de grada. No nos dejemos confundir en ese exabrupto de las bacanales, de los tránsitos desbocados, atemperados del dolor. Este es un poemario que requiere de varias lecturas porque sostiene una superación de los espacios humanos, vencimiento de fenómenos, causas, efectos, orden: mañas para prevalecer en la vida. Es de cierta manera una exploración, un retorno a las formas, a las conquistas, a la expresión de los sonidos, al sosiego, al incendio de las mieles donde la vida que yace en la ruleta, en la autopista, en el río heracliteano renace.