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MARÍA Y LA VIRGEN

10 Ago

En este nuevo ejercicio, Rika~D’do Ateirrar, nuestro gran Archiduque de los Territorios Encontrados, nos muestra como el paso de los años, convierten sus cuentos en ejercicios de clara prosa poética.

María y la Virgen

Ahora que está mirándola, el rostro exquisito y frío de María le provoca desamparo, es un sentimiento relacionado a ella casi nuevo para Luis. En el reflejo de los ojos de él puedo verla y en el brillo de su mirada congelada puedo descubrir todo su esfuerzo en desentrañar qué está ocurriendo dentro de ella. Él está  esperando una nueva señal, un código que lo salve o que lo hunda más en su centro perdido. A María la está poseyendo el desconsuelo de encontrarse otra vez en ese punto de telaraña que tantas veces enredó su vida, otra vez el aguijonazo empozoñado irreversiblemente. Pero sus glándulas han desarrollado la habilidad de segregar el antídoto al primer estímulo. La saturación, la despiadada reiteración de situaciones x activa instintivamente su más hondo desamor. Ella conoce muy bien su rostro y sabe explotar la gelidez de su maquillaje de princesa china. Ya sabe que no hay regreso inmediato al equilibrio, ni siquiera puede imaginar un retor­no, en la cima del mundo en que está  es impensable un aterri­zaje. Aunque yo puedo ver en sus ojos impenetrables que está recibiendo muchísima más información de su entorno que la que pretende, que está percibiendo toda esta gente sudando bajo sus disfraces, bajo un cielo sin estrellas, absortos en su motiva­ción de felicidad individual, felices de poder realizar sus deseos condicionados de diversión en este jardín equis del vedado.

Se miran. María le ofrece sus ojos oscuros aceptando el diálogo mental, su expresión se suaviza, no es menos fría, pero está  probando a ceder, a darse, amamantar:

¿Quieres una cerveza? Luis está  ciego de ira y miedo, de querer ver más allá de su desconocimiento, y de pronto cree percibir esa señal ambi­gua que ha estado previendo:

¿Tú quieres una?

Está  pensando que las cosas pueden ser diferentes. Siem­pre se piensa en esta posibilidad en ocasiones así, pero ella ya no puede regresar y él también está muy lejos. Todavía se están mirando pero no pueden pronunciar lo que necesitan decirse. María no quiere una cerveza, le es imposible ceder, está ahí, impávida, enredada en su nudo de telaraña.

Las cosas pueden ser diferentes, están llegando a la fiesta, a la izquierda de la casona hay un acceso al jardín, dos monstruos sobremaquillados recogen sus invitaciones, dicen chistes, celebran la originalidad de los disfraces orien­tales.

Desde afuera puede vislumbrarse un jardín de duendes, diseño de luces, ambientación sonora, cámaras.

Parece divertido, comenta Luis sin decidirse a entrar.

María está  divertida. Toma su mano y lo conduce porque en definitiva los guardianes de la puerta son apenas un avance de lo que espera adentro. Está  feliz y orgullosa, segura de ser la más princesa entre las princesas, la más bruja entre las brujas. Luis está  feliz de tenerla a su lado, pisa el césped con la tranquilidad de quien está  acostumbrado a las fiestas.

María tiene la habilidad de mirar con el rabillo del ojo, es casi una costumbre que le permite, entre otras cosas, mostrar su perfil de princesa bruja. A Luis le divierte esta cualidad porque gusta de su perfil mediterráneo y porque la mayoría de las veces logra sorprenderla y se cree el mejor lector de sus ojos impredecibles.

Están en el centro, luego de un paseo románico, abandonados a la fantasía que pretende el lugar. No quedan mesas al fondo y las únicas vacías están reservadas, sumidas en la ilumina­ción del escenario cantina. Prueban sentarse a una mesa marca­da por una mochila, un poco más lejos del centro de luz y sin anuncio de reservación. Sería el sitio perfecto, pero es obvio que lo que está en el centro de la mesa es ajeno, el disfraz de alguien… Un hombre cualquiera aparece y se disculpa porque la mesa está  ocupada. Luis siente el hastío de estar en una situación repetida, vagos recuerdos desastrosos de más de un evento social prefabricado. Está  pensando en ocupar un quicio cualquiera. Por su parte María ha tenido un día de trabajo apurado y algunas semanas planeando esta noche y no está  dispuesta a que algo obstaculice sus sueños. Ella es hija de Elegua y siempre encuentra quien pueda ayudarla, esta vez aparece un camarero excuñado que va a traerles, una mesa. Pero aun les toca esperar de pie en el centro, justo debajo de las luces, confundidos entre la algarabía de colores y atuendos. Gentes felices, familias de clase gastando su noche de pasarela en un jardín pisoteado bajo un cielo negro.

Vamos a sentarnos aquí, dice María girando hacia el escenario dos sillas reservadas de una mesa vacía. Luis hubie­ra preferido estar más lejos de las luces pero le parece bien de momento tener la fiesta a sus espaldas. Él está  bien siempre que María esté  a su lado, así tan serena y al mismo tiempo como lista a sonreír. Ahora piensa, siente, que lo mejor que puede ocurrirle a un viejo samurai es tener el privilegio de sentarse junto a la princesa de la Manchuria, gozar de su favor. Saborea la idea de prescindir del resto de la plebe, cuando debiera estar planeando asumirla, salirse de su propio centro para ver que él sólo es una pieza de este jardín de fantasmas.

Ella está  quieta con esa sonrisa interior que aprendió de una madre new age. Está  coleccionando impresiones descriptivas de la fiesta para su álbum profesional, cuando la toma despre­venida un flash a boca de jarro. A Luis lo sorprende más el aleteo de sus pestañas en el baño de luz. Existe una burbuja de éter insoluble que lo aísla, incluyéndola únicamente a ella, su punto de encaje, su asidero. No obstan­te es consciente del flash y en su inte­rior él sabe que su perfil es inconfundible a pesar del maqui­llaje.

El fotógrafo viste camiseta de fotógrafo y sombrero de ogro. Un tipo cualquiera que consigue una imagen como tomada de El País de Nieve y se pierde entre la gente, perso­najes absurdos, máscaras, cámaras. María se acostumbró desde niña a posar para fotógrafos accidentales, ella misma no puede esca­par de su cámara y la venera y defiende tanto como a sus hijos. Se está  divirtiendo con la expresión azorada de Luis y lo inunda con su propio flash y lo hace reír. Ríen, al borde del escenario cantina, al margen del abismo de luces y diseño sonoro, de donde surge un personaje sin disfraz, inoportuno. No se trata precisamente de un santo de la devoción de Luis pero viene a saludar y en los jardines del vedado se suele seguir cierta etiqueta.

El tipo toma una tercera silla de la mesa reservada y se sienta con ellos. María no lo conoce pero dice conocerlo, intuye que se trata de algún colega de Luis. Para él no es exactamente así, pero está  de buen humor y se siente protegido en su conexión con ella, extasiado todavía por su juego de princesa impune.

Mi representante, la presenta al tipo, casi eufórico. Se da cuenta de la inquietud que produce en María y también de que el tipo no se quiere tragar la farsa. Es un poco tarde, pero le parece que estuvo un poco mejor que decir mi amante, mi concubina. Mejor hubiera sido quizás no decir nada, pero igual iba a tener por toda la eternidad a este personaje consiguiendo lo que busca. María se da cuenta de que no tiene nada que decir ni hacer por aquí. Se disculpa y se va a fotografiar una especie de escultura hecha con agua y cristales.

Yo también estoy con mi novia, dice el tipo, haciendo una pausa intencional, como si saboreara a su novia. Está  por allá  atrás, te la voy a presentar. Hay problemas con las mesas, comenta Luis queriendo escapar definitivamente. Van a traer más, le explica el tipo, es que vinieron más personas de las que se esperaba. Sí demasiadas, piensa Luis, y también se pregunta qué hace este tipo ahí y cómo se las arregla para saber cual­quier detalle organizativo de la fiesta. Quizá  lo sepa todo y lo estaba esperando y esta conversación no sea más que el primer movimiento de una jugada. Rutina, maniobra. Lo que Luis sospecha del personaje está  fundado en más de una década de conocerlo, el siempre dirigente, funcionario, escritor, el conocido de su esposa.

María está  encantada retratando aladinos y brudurbuduras, se siente liviana, liberada de aquel tipo inoportuno y de la torpeza excéntrica de Luis. Sus ojos de princesa se encuentran con los de un niño que le recuerda al suyo, aunque el disfraz lo pretenda un Tom Kanty. Le saca una foto y el príncipe callejero se descubre con un ademán familiar y le pregunta si podrá  ver la foto. María nota el ligero estrabismo que estigmatiza al niño. Por su puesto, le responde, voy a sacar dos copias para tener una para cada uno. ¿Tienes teléfono?, pregunta Tom Kanty estrujando el fieltro entre sus manos. Claro, te lo doy para que me llames y me digas dónde enviárte la foto. Mientras busca en su cartera una tarje­ta para el niño, mira de reojo hacia la mesa reservada por otros de Luis. Lo siente distante, muy absorto en comunicarse con aquel tipo ajeno, lo siente extraviado, otro, nadie. Y eso precisamente quisiera Luis ahora mismo ser nadie.

Tienes que traerme tus trabajos, le está  diciendo el tipo, mejor si no son inéditos, para eso de la referencia que está  de moda, tú sabes. Si mañana mismo te alcanzo algo, le jura Luis, buscando a María entre fantasmas. Al final decidí no usar disfraz, comenta el tipo, siguiéndole la vista, pero me hubiera gustado si mi tío me hubiese prestado el uniforme de CVP. Luis lo mira a los ojos pensando que en definitiva está  llevando el mismo disfraz de civil de siempre. Lo siento, tengo algo que hacer, se disculpa, cuando lo único en su mente ´posible es encon­trarla.

Encontrarla como tantas tardes, como esta tarde, sentada en el muro a la salida de su trabajo, esperándole. Se besan de esa manera formal que la locación requiere y al mismo tiempo abandonada de hace veinte años. Hoy es un día especial, dice María. Cada día es especial si estás tú, piensa Luis y le sonríe callado. Sabe que ella se refiere a la fiesta de la de Halloween en la noche, qué lo tiene marcado en su agenda con creyón de labios desde el mes pasado.

¿Qué hacemos?, pronuncia Luis final­mente, conforme con esta posibilidad de alimentarse de su mirada. Vamos a visitar a la Virgen, propone María con los ojos sonrientes, sabiéndose la más Virgen entre las vírgenes y con muchas ganas de hacer lo mejor por éste su pedazo libre de un día especial.

La Virgen habita el mar. Sus jardines son los arrecifes que bordean la ciudad. En muy escasas ocasiones se muestra a la gente pero en el crepúsculo hay algo de su manifestación en el tinte del mar y en el drama de la agonía del sol. Los que pueden percibirlo quedan marcados en su destino. Es lo que pasa con María, ella necesita venir a agradecerle, a rogarle, a ofrendarle sus sentidos y el sentido de su vida. Luis intuye todo esto y sabe que ella está  sintiendo algo especial. La ve sonreír a la brisa y se da cuenta de estar viviendo este momen­to paradigma de su edad. Entonces no necesita hablar, lo que dijera o escuchara resultaría obvio, solamente está  pidiendo eternizar cada segundo de este sol refractándose en el borde del mar, extinguiéndose detrás del manto abismal de la Virgen.

FIN

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KAMIKAZE

10 Ago

Desde Antes de 1977, es decir, hace mas de tres décadas nuestro ínclito caballero dorado de la narrativa, EL GRAN ARCHIDUQUE DE LOS TERRITORIOS ENCONTRADOS, se convierte en una leyenda latinoamericana del cuento.  Como miembro fundador del movimiento Guantanamera 206, nos honramos en presentar un cuento de genial estructura y que demuestra una gramática muy cuidada, propia de los escritores con oficio como Ricad’Do Ateirrar.

Kamikaze

Nací en Santa Tecla bajo el sol de acuario de 1931; era día de Santo Tomás y había fiesta en el pueblo. En todos los postes podía verse la cara del Doctor Araujo sonriendo al electorado; habían puesto su retrato en la cantina y por toda la plaza, incluyendo el portón de la iglesia. La gente bailaba y bebía aguardiente hasta caerse y al que se caía lo arrastraban bajo la sombra de un árbol para que durmiera la mona.

Mi padre andaba para la capital y ni se enteró del alumbramiento. Cuando llegó al día siguiente estaba demasiado borracho para una ceremonia, pero mi madre no quiso esperar más y mandó a buscar al cura para que me bautizara. Ya en la capilla familiar, hubo una disputa tremenda porque mis padres no se ponían de acuerdo en el nombre. Finalmente mi padre quebró de un codazo el pocillo del agua bendita y dijo que me llamaría José como él y Joaquín como mi abuelo materno. Oí decir a mi madre en una ocasión que desde entonces conservó la esperanza de tener un segundo hijo para nombrarlo a su gusto.

Al escurrirse el agua bendita, el cura tuvo que utilizar para el oficio un poco de aguardiente, que en definitiva era el líquido más santo que conocía después del reglamentado por la liturgia. Ya a la noche era notable que el alcohol me había producido una irritación en los ojos y mandaron a buscar a María Aurora, la comadrona que había asistido el parto. Su sabiduría le daba reputación en toda la Libertad, por lo que mi madre estaba muy atenta cuando le dijo:

-No se aflija usted, doña Raquel, que en la tripa del ombligo leí que su niño crecerá bien -Sopló en mis ojos y canturreó en nahuat y volvió a soplar muy suavemente-. Usted me le pone fomento de vicaria y verá, doña Raquel, como el mal es pasajero.

Mi madre siguió las instrucciones de la chola y soplaba en mis párpados resentidos hasta que abrí los ojos. Fue una mañana clara, Raquel se cercioró de que mis ojos eran normales, me cargó y me llevó corriendo al patio para que viera el sol. O para que el sol me viera, como bautizan los pipiles de la sierra a sus hijos, de cara al dios Metzi, que según dicen otorga larga y próspera vida.

El gobierno liberal del Doctor Araujo no duró mucho. Algunos creen que la crisis se lo tragó, otros, que era un parlanchín con carisma, pero incapaz de dirigir la nación. Lo cierto es que durante su administración aumentó el hambre y con el hambre, las revueltas callejeras, y antes que finalizara el año, un fuerte temblor de tierra en plena madrugada anunciaba el golpe militar que lo obligó a exiliarse. Su sucesor, el General Maximiliano, protagonizó la más cruenta matanza que conociera el país desde la segunda invasión de Diego Alvarado; sin embargo para mi familia trajo mejorías. Mi padre recuperó el empleo de viajante de comercio que había perdido por tres meses durante la crisis; a mi abuelo el banco le abrió nuevos créditos para su quinta de café; y a mi tío abuelo don Mariano le regresaron su puesto en la alcaldía de San Salvador. Bonanza aparte, mi madre solía durante mis siestas prosternarse ante el altar de Nuestra Patrona a rezar entre sollozos por las almas de los desaparecidos, particularmente por la de su primo Ezequiel, compañero de suerte del prócer Farabundo.

Nuestra casa contaba entre las más señoriales de Santa Tecla, o ciudad de las nubes, como solía llamarla el abuelo don Quino por la proximidad constante del cielo, o ciudad de las hamacas, como no en balde le conoce todo el que pisó su suelo inestable. Estaba orientada al nordeste, de manera que los frutales del patio hacían de telón de los cerros, mientras desde el pórtico podía disfrutarse a plenitud del volcán de Quezaltepec. Desde que tuve conciencia me fascinó la majestuosidad de aquella montaña con chimenea; en mi fantasía la relacionaba con mi tío abuelo don Mariano, siempre sonriente, con su bastón de mango enchapado en oro y su cachimba de ébano y plata. Llegaba temprano los domingos en su Ford y apenas se sacudía el polvo del traje, gritaba:

-¡Epa, Raquel, es hora de ir a misa!

Ocurría siempre un instante antes de que las campanas comenzaran a tañer. El abuelo Quino salía en mangas de camisa y lo invitaba a tomar unas copitas y a platicar de política, mientras mi madre terminaba de arreglarme frente a la luna de su cuarto.

Recuerdo con gratitud la claridad solar de aquellos domingos y todos aquellos frascos y figuras de porcelana dispuestos sobre la cómoda de mi madre. En especial tentaba mi curiosidad una botellita achatada de cristal velado con relieves que representaba un sol bonachón por una cara y al reverso una luna de labios sinuosos. Un día le oí decir a María Aurora que aquella era la mismitica imagen de Icelaca, el dios dual de los lencas, pero enseguida Raquel la reprendió aclarándole que era un mero adornito no más.

Mi padre no llegaba hasta después del mediodía porque siempre tenía algún asunto en otro departamento o en la capital. Algunas veces se pasaba hasta cuatro días fuera, pero de algún modo se las arreglaba para estar de vuelta los domingos. Galindo, el chofer de don Mariano, me llevaba a la estación para recibirlo y durante la travesía, se divertía metiéndome miedo con unas muecas horrendas. Todavía tengo grabado el vivo recuerdo de aquel rostro medio indio medio negro, con los párpados doblados hacia arriba, diciéndome con voz de fantasma que me llevaba a vender a una vieja comedora de niños.

En cuanto mi padre bajaba del tren, le daba las quejas, y él me complacía regañando al mulato aunque sólo fuera en broma. Entonces me cargaba y platicábamos obviando a Galindo y todo aquel paraje provinciano de la estación. Por lo general me preguntaba cómo me iba con los curas -creo que de mi padre heredé su ateísmo sarcástico-; yo hacía la señal de la cruz y me llevaba los dedos a los labios, imitando a Raquel. Luego, era habitual, él me ponía en el suelo y sacaba de alguna parte un regalo. Probablemente yo tuviera la más rara colección de juguetes de La Libertad, o quizás de todo El Salvador.

Un día –apenas había comenzado yo a asistir el primer grado– mi padre se apareció con un juguete vivo: un ocelote recién destetado, con el cual establecí una amistad que trascendía nuestra diferencia de especie. Para mí era como si se tratase de una persona y quizás por eso le adjudicaba habla. Mi padre me dijo que se llamaba Quetzatcoat, pero ese era un vocablo muy complejo para un niño de cinco años, así que lo rebauticé Lucero, nombre al que respondía con la indiferencia propia de un felino. Yo me figuraba que los luceros debían ser esas manchas de matices siena que pincelaban la piel de su lomo. Fue todo un hallazgo a lo largo de los años, saber que los pipiles ven a Quetzatcoat en el planeta Venus, porque según dicen anuncia o vestigia al sol.

De Lucero aprendí a treparme a los árboles y su sigilo para cazar. Por aquel entonces el abuelo Quino me había tallado un arco y un juego de flechas para las cuales mi madre elaboró un carcaj de lino decorado con estrellas y medias lunas de cristal. Yo acechaba descalzo por el patio pisando con cuidado para no espantar a mis presas, y siempre que tensaba el arco me cargaba un pájaro o un lagarto.

Lo que más recuerdo de la abuela Amparo es ese olor a pupusa y la tremenda habilidad que tenía para degollar y descuartizar un pavo. Por las tardes se sentaba bajo el tamarindo y cantaba coplas y valses que hablaban de otros tiempos. La abuela tenía una voz vibrante y una gracia que le valían figurar como primera invitada en todas las fiestas del pueblo. Lucero parecía valorar también aquellas virtudes porque se acurrucaba a sus pies mientras durara la letanía.

Cuando nos visitaba el tío Rafael la abuela se llenaba de una animosidad contagiosa; sólo entonces aceptaba tomar unas copitas y hasta echaba unos pasillos al son del fonógrafo. El tío Rafael era la persona más encantadora que yo conocía. Era abogado y, según decían, dado a la política; aunque no recuerdo haberlo visto platicando del tema con mi padre o con el abuelo.

Los sábados eran sin dudas mis días favoritos. Don Quino me subía a su montura y me llevaba al otro lado del río, donde tenía su quinta. Allí el día se iba como nada; pescábamos en la laguna unas mojarras brillantes y enormes como nunca más he vuelto a ver. Las asábamos allí mismo y nos las almorzábamos con cátchup, aderezadas con berro silvestre. Después del almuerzo, el abuelo encendía su pipa, seguido de lo cual echaba una siesta en su hamaca de fibra, mientras yo me bañaba en la orilla cenagosa atrapando cangrejos entre las raíces de malangueta, siempre con aquella fantasía de cazador tribal.

Cuando despertaba el abuelo, nos íbamos de visita a casa de algún colono. Recuerdo con afecto la bondad de aquella gente, esa afabilidad que se translucía tan fácil en sus rostros y modales. Recuerdo haber corrido con los brazos abiertos por entre la maleza con una bandada de niños indígenas y haber sido uno más de la tribu.

Volvíamos con la ensordecedora compañía de las cigarras cuando ya el sol estaba hundiéndose en los cerros. Traíamos casi siempre una cesta de frutas, obsequio de nuestros amigos, y algún animal que la abuela se complacía en sacrificar. Luego tendían la parrilla en medio del patio y al lado mi madre ponía la mesa, que después de la comida congregaba a algunos vecinos que no faltaban a las partidas de dados. Mi madre me hacía acostar temprano; después de rezar juntos, me daba un beso en la frente y algún sermoncillo. Yo me dormía enseguida arrullado por las voces provenientes del patio, deseando quizá que llegara pronto la mañana para ver a mi padre. Mis sueños de entonces eran apacibles como los destellos en la superficie de la laguna.

Cada año en agosto, cuando incluso en Santa Tecla la torridez es absoluta, migrábamos una o dos semanas hacia el litoral. Para transportarnos con todo el aprovisionamiento necesario, el abuelo Quino alquilaba un par de carromatos tirados por bueyes, en los cuales hacíamos una travesía que duraba más de un día por terraplenes angostos y reblandecidos por las lluvias de estío.

En estas incursiones no podían faltar ni María Aurora ni la abuela Amparo, porque la sabiduría y hacendosidad de estas señoras garantizaba la salud y la buena dieta de la familia en aquellos remotos parajes del Pacífico. Por lo general acampábamos en la villa de Chalpa, aunque algunas veces a petición del abuelo Quino la pasamos en Conchalío que tenía los mejores pesqueros. Como quiera era un alivio estar entre tanto azul, entre toda esa libertad y con la grata compañía de mis primos de la capital.

Del último viaje al litoral guardo la imagen de una inmensa luna anaranjada emergiendo entre los cocales de la playa con la nitidez onírica de un paisaje de Rosseau, y en la arena aquella fogata inextinguible que nos traía un remanente del hogar y nos protegía de la proximidad salvaje en medio de aquellas noches de Chalpa. Si hay algo que identifico con El Salvador es la presencia de una hoguera: era como si cada familia necesitara tener en su patio una reproducción de volcán a escala humana.

Fue a la vuelta de la última incursión al litoral que los acontecimientos me iniciaron en esta existencia en fuga que aún no trasciendo. Antes de llegar a casa tuve una premonición que, según he creído siempre, generó mi primera noción de la muerte. En cuanto bajé del carromato corrí en busca de Lucero, pero de él no había el menor rastro. Rebusqué en todos los rincones posibles, pregunté a los vecinos, lloré y rabié hasta el hipo, pero Lucero no estaba ya. Entonces el abuelo Quino me llevó al patio y señalando la sierra me dijo:

-Allá está tu ocelote, con los suyos, de donde vino.

No sé por qué, pero aquella idea del retorno me pareció perfectamente lógica y terminé por tranquilizarme. En lo adelante pude incluso sentir su presencia, lo percibía algo así como vivo y cercano donde quiera que estuviere; hasta lo vi en sueños, bebiendo en el arroyo, acechando su presa desde un peñasco.

La desaparición de Lucero fue sólo la primera. Ya había comenzado el segundo grado en la única escuela laica del departamento; sería el último grado que cursaría en español. Una noche mi padre y el tío Rafael tuvieron una fuerte disputa alcohólica; yo me desperté por los gritos y desde el primer punto de la vigilia pude oler esa extrema tensión. Todo en la casa se precipitaba al caos, ambos contrincantes tenían las ropas descompuestas y los rostros más ajenos que hubiera podido jamás imaginar en ninguno de ellos. Mi padre gritaba ofensas detrás del cerco de las mujeres; su lenguaje de pronto se había tornado un ensarte de cuchillos. El tío Rafael estaba como azorado; cuando me vio bajó los ojos y salió sin decir nada. Fue la última vez que le vi.

La abuela dejó de cantar, pero todavía se sentaba cada tarde en el mecedor del patio a presenciar las puestas; yo me figuraba que de algún modo cantaba para sus adentros. Pero lo cierto es que hasta los pájaros de los frutales se silenciaban progresivamente temprano. Ese año el invierno fue marcadamente regio para lo acostumbrado en Centroamérica: hubo granizadas y vientos tan fuertes que todos los árboles habían perdido sus hojas para la navidad.

Las ausencias de mi padre cada vez se prolongaron más. Ahora tenía que hacer viajes a Costa Rica y México, y a veces tardaba un mes entero en regresar. Finalmente no regresó más. Mi madre enfermó de la vesícula y estuvo postrada hasta la primavera. María Aurora le prohibió el café y el chocolate, y en su lugar le hizo beber infusiones de toda suerte de yerbas hasta que gradualmente se atenuaron sus quejas. En las noches yo solía acompañarla en su cama, le leía de mi libro de lecturas y ella me contaba sus sueños: unas historias pasmosas plagadas de emperadores y oscuros eremitas.

Para las pascuas ya mi madre se encontraba completamente recuperada, se levantó un día al amanecer y se asomó a la ventana para ver el sol naciente. Como obra de uno de esos embrujos que abundaban en sus sueños, yo pude ver como al contacto de la luz le volvían los colores a la cara. Luego se sentó ante la cómoda, le sonrió a su imagen y comenzó a cepillarse el pelo tranquilamente como si apenas hubiera pasado la noche en cama.

Durante toda la semana fue la Raquel de siempre, bella y animosa. El domingo de resurrección se arregló y se fue a las fiestas acompañada de amigas como solían hacer las solteras y no regresó por tres días. Tres larguísimos días en que el desconsuelo entró a la casa y se esparció sobre todas las cosas. Por fin reapareció del brazo de un gringo llamado Norman, que sería mi primer padrastro y el encargado de desprendernos de aquella tierra definitivamente. Recuerdo que Norman era jugador profesional, y un estupendo cazador como demostró en las sucesivas partidas de que nos hizo partícipes en las inmediaciones del Antiguo Cuscatlán, el primer lugar en que respiré lo sagrado, y también la pólvora.

Al terminar el curso, mi madre y yo nos despedimos de los abuelos y del resto de la familia en una espléndida cena en que se vertieron algunas lágrimas a pesar de que supuestamente sólo estaríamos ausentes durante el verano, y a la mañana siguiente partimos para hacer la travesía en ferrocarril más larga de mi vida.

Ahora que retorno, no me hace tan ajeno la falsa documentación como esta voluntad de ir al encuentro del plomo que me toca. Para nadie es secreto que San Salvador bulle, y yo sé que tras esos vapores está su esencia de atolladero. Si tengo otro nombre será porque soy otro, alguien sin identidad que vuelve a una tierra de la cual apenas guarda recuerdos neblinosos.

Nadie me espera, ni don Quino ni la abuela. La última que murió fue mi madre, un poco después de una visita que me hiciera a La Habana por el nacimiento de Alejandro. Estaba flaca, pero en contraste su humor era inmejorable. Era abril, y ya para las navidades recibí aquella carta de mi hermano diciéndome que la vieja se moría. Yo estaba más lejos de San Francisco que nunca, así que me despedí de ella en la barra de un bar justo la noche antes de su muerte. Pobre Raquel, sin ti presiento que El Salvador no será más que un pedazo de mapa ajeno.

Kingston, 15 de noviembre de 1977.