LA PRINCESA DE LA POESIA CUBANA ATRAVIESA LA SOMBRAS

1 Feb

El Libro de los Prójimos (Editorial La Rueda Dentada, 2010) y La Sombra Que Pasa (Letras Cubanas, 2011) sintetizan para la historia de la literatura contemporánea, el prodigio de la llama viviente en la creación lírica.

A TRAVES DE LAS SOMBRAS... LA LUZ!

En sus letras Miladis Hernández Acosta (Princesa de la Poesía Cubana), nos guía a ese ocultismo que acaricia el aturdimiento y el enajenamiento propio de los chamanes que saben conducir al éxtasis al lector, con el portentoso manejo de la buena retórica y el oficio digno de quien se sabe poeta.

Saber transitar por esa sombra que pasa como un Diógenes impertérrito, es sin duda la piedra preciosa que la mente humana aun no puede concebir ante el milagro de estar frente a frente con la magna claridad con la que la Princesa nos lleva por su reino.

Sin temor a confundir emociones, “El Libro de los Prójimos” empalma la sinrazón de la mente .  No hay nada que hacer ante la magia y el pasmo que depara aquel sortilegio de fruición inequívoca y deleite ilimitado.  En esta joya de la corona, “tesoro que ningún pirata trashumante haya podido imaginar”, el maestro William Blake y otros cristos irredentos y hasta mancos, juegan con nuestras circunvoluciones cerebrales como aquel hechicero del embeleso que nos sueña despierto e insisto; tal poesía, nos lleva a la sinrazón; seducidos por una lectura que en vertiginoso culmen alucinante nos invita a la locura nigromántica.

Cuando la belleza se aparece de la forma como la autora nos embalsama, las palabras sobran, por más de que se amalgamen en celestial orquesta. En sus oníricos abordajes de sirenas enamoradas cubiertas por gemas de los siete mares, los legendarios filibusteros y corsarios no habrán encontrado en todas sus fantasías, preseas como estas.

La comunidad poética en resistencia de Guantanamera 206 y toda la vanguardia literaria que os sigue, os felicita princesa por tan alquímico acto de creación.

El beneplácito y la alegría por tanto, es tan colosal como todos los diosas y dioses que conoces haciendo el amor entre ninfas y faunos en inédito aquelarre, tan insondable como el número de estrellas marinas en el universo de tu ilimitada mente y de magnitudes tan descomunalmente infinitas como tu corazón y tu ser pletórico de inmarcesibles bienaventuranzas y benevolencias; en una palabra el júbilo que sentimos por tus dos últimos libros es: Inconmensurable!!

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EN UNA RESEÑA DE REVERON… LA PRINCESA QUIERA QUE LE PUBLIQUEN ESTO.  SIN FECHA PERO CON ESPACIO QUE ATRAVIESA LAS SOMBRAS, DICE….

 

Suele suceder que cuando un poeta —cualquier creador de ficción escrita— adquiere una conciencia firme de su trabajo, su discurso tiende a la angustia. Ya sea por el lastre de la tradición, como sostiene Harold Bloom, o bien debido a la finitud del lenguaje (lo que pudiera ser igual de trágico), el riesgo de tener que operar la misma noria que ya giró al influjo de otros, desdibuja el gesto inicial de casi todo poeta sensato. Cuando ese suceso: el poema, tenga una respuesta similar para quien lo redacta y para quien lo lee, tal vez el misterio de ir a las palabras de esa manera por tantas razones desinteresada, pierda compresión, y el poeta se convierta en el ingeniero del lenguaje con que amenazaba Paul Valery. Pero mientras eso no ocurra, habrá libros como La sombra que pasa (editorial Letras Cubanas, 2010), un discurso vertiginoso y a veces melancólico, como de quien relata lo que acaba de sucederle —insisto: sucederle— en un reciente sueño.

Llevar las cosas al ritmo de los sueños puede ser la manera de buscarles la explicación que les niega un estado de vigilia muchas veces estéril. Someterlas a esa aceleración  puede ser, además, un intento por aliviarse en el lenguaje. Miladis Hernández no parece escribir para que sepamos lo que la inquieta —lo que la inquieta es una frase demasiado mansa, ya lo sé; demasiado cursi también—, sino para cumplir con la necesidad de estar en las palabras, de rebuscar en aposentos donde otros ya han mirado, con la diferencia de que ella parece mirar a determinada hora, cuando se ve distinto, y lo hace además con una mirada carente de pudor. Si lo que se impone un poeta, si lo que lo lanza al camino fuese un tonto afán de originalidad, todo quedaría reducido a simple gesticulación. La verdadera originalidad procede más bien de una visita al lenguaje como recurso extremo —extrema la visita; extremo el lenguaje—, porque el poeta ya hizo de lo extremo un ritual defensivo. La sombra que pasa es como el testimonio de alguien que ve demasiado lejos. Esa visibilidad puede o no resultar provechosa, pero es intensa, ensordecedora tal vez. Por tal razón la especie de visionario que ejecuta estos discursos  intercambia su voz con la de algunos resignados ilustres: el patriarca Moisés, el adelantadísimo John Donne, el turbador Coleridge.

Tal parece que Miladis Hernández se obliga a relatar una contradicción. Ese discurso empeñado en el desbordamiento,  apocalíptico por su tono, puede allegar a algunos lectores una determinada inquietud. José Lezama Lima, por ejemplo, practica sus cerrazones  como lances optimistas, la mayoría de las veces. Sacrifica toda cadencia, impone ritmos deformes —no siempre, por supuesto; alguien tendrá en mente la ductilidad de “San Juan de Patmos ante la puerta latina”—, pero suele preferir los juegos a la erudición, lo que considera una responsabilidad para con el conocimiento. Miladis Hernández —supongo que acusarme de comparaciones intempestivas resultaría trivial— opta, en este y en otros libros, por escenificar una rugosidad en la que ya mucho viene expuesto. Rugosa y expresiva. Con preferencia por las asociaciones dispares, voluntariosas incluso.  Pero no celebra nada: ni el conocimiento, ni la muerte. Su ironía radica en dejar avisos de estados que, sospecha, exceden el mero ámbito de eso que continuamos señalando como sujeto lírico.

¿Por qué decir de manera indirecta aquello que se considera relevante? Esta es una de las preguntas que nos lleva a la sospecha de que la poesía no consiste en ir en procura del ritmo. Me excuso por repetir que se trata más bien de una franquicia, y, si fuéramos a exponerlo con afectación, de una necesidad. Parece que da lo mismo Vladimir Mayakovski, Georg Trakl o Ángel Escobar. Sólo el poeta sabe lo que le costaría no escribir(se). La sombra que pasa es en todo caso, y de acuerdo con mi propia tendencia a lo reverencial, una oración por el Hombre, una puesta en escena de la vastedad del Hombre, y de su importancia.

 

 

VIVA LA PRINCESA, HONORABLE MIEMBRA FUNDADORA DE GUANTANAMERA 206

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Una respuesta to “LA PRINCESA DE LA POESIA CUBANA ATRAVIESA LA SOMBRAS”

  1. Francisco Jesús Muñoz Soler febrero 3, 2011 a 3:04 pm #

    Cierto, júbilo y emoción sentimos en Guantanamera antes esta explosión de poesía, Princesa siempre en tu lugar.

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